PERPLEJO

Ignoro toda aquella obligación que me resulte de necesitar distinguir entre soñarle y escribirle.
No obstante, no creo poder sostenerme con toda rigurosidad, en los límites que desdibujan y atraviesan las fronteras provisorias del amor violento, de ese que se concentra hasta capitalizar a todo aquel que está en disposición del juego, de uno perplejamente aterrador.
Con todo eso en desmedida, doy síes a las propuestas insensatas a mi nombre, conceptualizando lo que es mío, y lo que no, sin quedar más nada que seguir creyendo en el amor hiriente, el único que he experimentado, el que suelo decir haber sentido, el mismo que prevengo sea demostrado, más que demostrar en escena, y recordar por razón de los efectos.
Sí, y más, más que recordar, recordarme. A mí misma, recordarme, acordarme de mí como mí misma, eso que quiero recordar o lo que querría recordarme, las mismas facciones incontenibles de una imposibilidad imposible y verracamente incontenible, que está distante de emitir esa necesidad que existe y actúa, como la traducción de un querer sin sentido común que, al soñarle abriendo los ojos, el corazón goce de escribirle tanta porquería de la que usted resulta no estar acostumbrado.
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